jueves, 27 de junio de 2013

El nuevo monedero

Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu.Ezequiel 36:26-27


En la escuela dominical los chicos habían aprendido el versículo de Proverbios 23:26: “Dame, hijo mío, tu corazón”. Cuando llegó a su casa, Violeta preguntó a su papá: –¿Qué quiere decir: “Dame, hijo mío, tu corazón”? –Te lo voy a explicar, contestó el padre. Ve a buscar tu monedero. Vacilando, la niña buscó su viejo monedero que contenía algunas monedas.
Sin más explicaciones, el padre lo puso en su bolsillo. Algunos días después llamó a su pequeña hija y le dijo: –Escúchame, Violeta. Me pareció que tu monedero estaba en mal estado para lo que quería poner en él. Aquí tengo uno nuevo para reemplazar al viejo. Y mira lo que puse adentro. Muy contenta, la pequeña abrió el nuevo y hermoso monedero y constató que sus pocas monedas habían sido reemplazadas por un valioso billete. 
Entonces su padre le explicó: –Querías saber por qué el Señor Jesús quiere nuestro corazón. Sólo podemos darle lo que tenemos, un corazón feo. Pero él nos lo cambia por uno nuevo que contiene un tesoro; verdadera felicidad, vida eterna y una alegre esperanza: ¡estar para siempre con él!

***
Y cuando estemos en la luz
De la presencia de Jesús,
¡Qué gozo nos será!
La fuente del divino amor
De nuestro amado Salvador,
¡Jamás se agotará!

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)http://labuenasemilla.net   calendarios@labuenasemilla.net http://ediciones-biblicas.ch


lunes, 17 de junio de 2013

Por encima de nosotros

Dios es grande, pero no desestima a nadie; es poderoso en fuerza de sabiduría.
Job 36:5


Él nos amó primero.
1 Juan 4:19

Incluso si estamos impresionados por el ingenio humano, por su ciencia y sus descubrimientos, debemos reconocer que el hombre tiene un poder limitado.
En cambio, Dios sí posee un poder infinito y nada ni nadie puede poner trabas a sus planes ni impedirle cumplir sus designios.
El mundo material está regido por las leyes naturales. Pero detrás de éstas podemos discernir al autor de ellas, es decir, a Dios, el gran Administrador. El hombre sólo es una criatura, pero Dios es el Creador. Todo está sometido a su control. Todo se desarrolla en acuerdo con su objetivo eterno.
Infinitamente por encima de nosotros, él es omnisciente, omnipotente. Ningún problema y ninguna dificultad pueden sorprenderlo o sobrepasar su sabiduría. Como es todopoderoso, nadie puede ponerle resistencia; como es santo, su ira se enciende contra el pecado. Como es fiel, las profecías y las promesas de su Palabra, la Biblia, se cumplen indefectiblemente. Como es justo, su juicio caerá sobre los que practican la injusticia.
Pero como es amor, dio a su Hijo unigénito, Jesucristo, “para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Como Dios es un Padre lleno de bondad y de misericordia para todos los creyentes, todas las cosas ayudan a bien a los que lo aman (Romanos 8:28).
Zacarías, el padre de Juan el Bautista, anunció que Cristo venía “para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados… para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz” (Lucas 1:77-79).

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martes, 11 de junio de 2013

¿Seríamos ingratos?

En los postreros días… habrá hombres amadores de sí mismos… ingratos, impíos, sin afecto natural.2 Timoteo 3:1-3

Él (Dios) es benigno para con los ingratos y malos.Lucas 6:35


La ingratitud es una característica de la mentalidad de nuestra época. El hombre del siglo 21 cree que es normal tener derecho a todo; sólo habla de sus derechos y considera como normales todas las protecciones sociales y las ayudas colectivas que trata de obtener. Piensa más en sus derechos que en sus deberes, y a veces trata de evadir el pago de los impuestos que su capacidad económica exigiría. El cristiano está animado a estar en regla como lo escribe Pablo a los Romanos: “Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra. No debáis a nadie nada” (cap. 13:7-8).
Lo cierto es que el ser humano es aún mucho más ingrato con Dios. Son numerosos los favores y cuidados que disfrutamos muchos de nosotros, tales como la salud, el alimento, la vivienda, la paz externa, la familia… Pero Dios nos ha dado infinitamente más que todo eso al enviar a su Hijo unigénito al mundo. Rechazar o subestimar un regalo así, ¿no es acaso la peor ingratitud?
La ingratitud hacia nuestros semejantes tendrá como consecuencia provocar amargura y tensiones. En efecto, no debemos sorprendernos al ver florecer el egoísmo y, en la misma medida, disminuir la abnegación y la bondad.
La ingratitud hacia Dios tendrá una consecuencia mucho más grave: conducirá al juicio. Abramos nuestros ojos para discernir los favores que hemos recibido, nuestros corazones para amar a Dios como agradecimiento y nuestras bocas para darle las gracias.

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lunes, 10 de junio de 2013

La pared de separación

Acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne… estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora… vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.
Efesios 2:11-13
Dios, en su soberanía, escogió a un pueblo, al que deseaba colmar con sus bendiciones y, por medio de él, bendecir a toda la tierra (Génesis 12:2-4). Pero no escogió al pueblo más numeroso ni al más poderoso (Deuteronomio 7:7), sino la descendencia de un hombre de fe llamado Abraham. Según el plan de Dios, ese pueblo debía vivir solo y no ser contado entre las naciones (Números 23:9). Una pared de separación había sido establecida entre Israel, el pueblo de Dios, y las demás naciones. Sin embargo, vemos que, a través de la historia, hubo ramas que se extendieron sobre este muro (Génesis 49:22). De este modo una mujer moabita, Rut, y un oficial sirio, Naamán, obtuvieron bendiciones especiales de parte de Dios.
Siglos más tarde el pueblo escogido por Dios se alejó de él. Dios también constató la desobediencia de todos los pueblos, cualquiera que fuera su descendencia o religión. Entonces decidió extender Su misericordia sobre todos (Romanos 11:32). Envió a su Hijo quien, mediante su sacrificio en la cruz, derribó “la pared intermedia de separación” (Efesios 2:14) y abrió el cielo a todos los que, reconociéndose pecadores y culpables ante Dios, creen en la obra expiatoria de Cristo. Así el Evangelio puede ser anunciado en toda la tierra.
Pronto, todos los creyentes reunidos, de “todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apocalipsis 5:9), cantarán la gloria de su Redentor.