lunes, 10 de junio de 2013

La pared de separación

Acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne… estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora… vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.
Efesios 2:11-13
Dios, en su soberanía, escogió a un pueblo, al que deseaba colmar con sus bendiciones y, por medio de él, bendecir a toda la tierra (Génesis 12:2-4). Pero no escogió al pueblo más numeroso ni al más poderoso (Deuteronomio 7:7), sino la descendencia de un hombre de fe llamado Abraham. Según el plan de Dios, ese pueblo debía vivir solo y no ser contado entre las naciones (Números 23:9). Una pared de separación había sido establecida entre Israel, el pueblo de Dios, y las demás naciones. Sin embargo, vemos que, a través de la historia, hubo ramas que se extendieron sobre este muro (Génesis 49:22). De este modo una mujer moabita, Rut, y un oficial sirio, Naamán, obtuvieron bendiciones especiales de parte de Dios.
Siglos más tarde el pueblo escogido por Dios se alejó de él. Dios también constató la desobediencia de todos los pueblos, cualquiera que fuera su descendencia o religión. Entonces decidió extender Su misericordia sobre todos (Romanos 11:32). Envió a su Hijo quien, mediante su sacrificio en la cruz, derribó “la pared intermedia de separación” (Efesios 2:14) y abrió el cielo a todos los que, reconociéndose pecadores y culpables ante Dios, creen en la obra expiatoria de Cristo. Así el Evangelio puede ser anunciado en toda la tierra.
Pronto, todos los creyentes reunidos, de “todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apocalipsis 5:9), cantarán la gloria de su Redentor.

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