martes, 11 de junio de 2013

¿Seríamos ingratos?

En los postreros días… habrá hombres amadores de sí mismos… ingratos, impíos, sin afecto natural.2 Timoteo 3:1-3

Él (Dios) es benigno para con los ingratos y malos.Lucas 6:35


La ingratitud es una característica de la mentalidad de nuestra época. El hombre del siglo 21 cree que es normal tener derecho a todo; sólo habla de sus derechos y considera como normales todas las protecciones sociales y las ayudas colectivas que trata de obtener. Piensa más en sus derechos que en sus deberes, y a veces trata de evadir el pago de los impuestos que su capacidad económica exigiría. El cristiano está animado a estar en regla como lo escribe Pablo a los Romanos: “Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra. No debáis a nadie nada” (cap. 13:7-8).
Lo cierto es que el ser humano es aún mucho más ingrato con Dios. Son numerosos los favores y cuidados que disfrutamos muchos de nosotros, tales como la salud, el alimento, la vivienda, la paz externa, la familia… Pero Dios nos ha dado infinitamente más que todo eso al enviar a su Hijo unigénito al mundo. Rechazar o subestimar un regalo así, ¿no es acaso la peor ingratitud?
La ingratitud hacia nuestros semejantes tendrá como consecuencia provocar amargura y tensiones. En efecto, no debemos sorprendernos al ver florecer el egoísmo y, en la misma medida, disminuir la abnegación y la bondad.
La ingratitud hacia Dios tendrá una consecuencia mucho más grave: conducirá al juicio. Abramos nuestros ojos para discernir los favores que hemos recibido, nuestros corazones para amar a Dios como agradecimiento y nuestras bocas para darle las gracias.

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