jueves, 22 de agosto de 2013

Si está angustiado…

Nuestro socorro está en el nombre del Señor.
Salmo 124:8

Por cuanto tú, oh Señor, no desamparaste a los que te buscaron.
Salmo 9:10


Alabad al Señor, porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia. Díganlo los redimidos del Señor, los que ha redimido del poder del enemigo…
Anduvieron perdidos por el desierto… hambrientos y sedientos… Entonces clamaron al Señor en su angustia, y los libró de sus aflicciones. Los dirigió por camino derecho, para que viniesen a ciudad habitable…
Algunos moraban en tinieblas y sombra de muerte, aprisionados en aflicción y en hierros, por cuanto fueron rebeldes a las palabras del Señor… Luego que clamaron al Señor en su angustia, los libró de sus aflicciones; los sacó de las tinieblas y de la sombra de muerte, y rompió sus prisiones… Fueron afligidos los insensatos… a causa de sus maldades… pero clamaron al Señor en su angustia, y los libró de sus aflicciones. Envió su palabra, y los sanó.
Los que descienden al mar en naves, y hacen negocio en las muchas aguas, ellos han visto las obras del Señor, y sus maravillas en las profundidades. Porque habló, e hizo levantar un viento tempestuoso, que encrespa sus ondas… Entonces claman al Señor en su angustia, y los libra de sus aflicciones. Cambia la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus ondas. Luego se alegran, porque se apaciguaron; y así los guía al puerto que deseaban…
El convierte los ríos en desierto, y los manantiales de las aguas en sequedales… Vuelve el desierto en estanques de aguas, y la tierra seca en manantiales…
¿Quién es sabio y guardará estas cosas, y entenderá las misericordias del Señor?


© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)


jueves, 15 de agosto de 2013

Acuérdate

Gloria y hermosura es su obra, y su justicia permanece para siempre. Ha hecho memorables sus maravillas.
Salmo 111:3-4

Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos.
2 Timoteo 2:8

Tu nombre y tu memoria son el deseo de nuestra alma.
Isaías 26:8


A algunos resistentes franceses de la Segunda Guerra Mundial se les había dicho que eran libres, pero en cuanto dieron la espalda para irse, fueron fusilados. Sesenta años después, en la ceremonia de conmemoración, un periodista deploró la poca asistencia, por lo que tituló su artículo: «Ellos murieron por ti; acuérdate de ellos». Así recordaba a cada ciudadano su deber de no olvidarlos.
Para el cristiano también existe una conmemoración instituida por el Señor mismo la noche que fue condenado injustamente por los hombres. “El Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí” (1 Corintios 11:23-25).
¿Acaso no es digno de que recordemos lo que hizo por nosotros? Éramos pecadores, esclavos de Satanás, sin recursos para liberarnos. Jesús vino a morir y a expiar en la cruz nuestros pecados, pasando por terribles sufrimientos, para salvarnos. Nosotros que hemos sido salvados mediante su sangre, ¿podríamos permanecer insensibles a ese deseo expresado por nuestro Salvador? Su amor nos lo pide y, mediante este acto tan sencillo le mostramos que nosotros también lo amamos. Es mucho más que un deber; ¡es un privilegio!

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

domingo, 11 de agosto de 2013

Consejeria

Semana de Consejería, del 12 al 16 de agosto sintoniza el taller de consejería expuesto por  Hno. Samuel Hornbrook. Diariamente a partir de las 20:00 Hrs.

miércoles, 7 de agosto de 2013

¿Puede uno ganarse un lugar en el cielo mediante los sufrimientos?

Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios.
Hebreos 10:12



Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.

Romanos 4:24-25


Con motivo de la muerte de un escritor francés, un crítico de la literatura escribió: «Su final doloroso le permitió sublimar el sufrimiento humano dándole su verdadero sentido espiritual de redención».

La idea de que uno se gana un lugar en el cielo sufriendo en la tierra, y que las tristezas presentes serán compensadas por la felicidad en el más allá, es contraria a la enseñanza bíblica. El sufrimiento humano, por muy intenso que sea, jamás tiene un valor de redención. Por muy grande y aceptada que sea la prueba, no puede expiar la más mínima falta. Incluso los sufrimientos que Jesús soportó por parte de los hombres, desde el pesebre hasta la cruz, no podían expiar los pecados de nadie. Destacaban la perfección de aquel que atravesaba por ellos, pero no tenían valor alguno de redención.
La Biblia enseña claramente que para expiar nuestros pecados, los míos y los suyos, Dios sólo tiene en cuenta los sufrimientos por los que Cristo pasó durante las tres horas tenebrosas de la cruz. Únicamente durante esas horas Dios “lo hizo pecado” por nosotros (2 Corintios 5:21) y lo abandonó (Mateo 27:45-46). “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos” (1 Pedro 3:18). “Llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24).
¿Qué podríamos añadir a este sacrificio? Jesús respondió a todas las exigencias de la santidad divina. Dios lo demostró al resucitar a su Hijo de los muertos y al elevarlo a la gloria.


© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

lunes, 5 de agosto de 2013

La flor del campo

Toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo. La hierba se seca, y la flor se marchita, porque el viento del Señor sopló en ella… mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre.
Isaías 40:6-8



¡Oh, abuelito, mira, todas las flores están dañadas!». Al igual que mi nieta me di cuenta de que el prado, al borde del camino, estaba lleno de hierbas secas y de flores marchitas. Después del trabajo matinal de la segadora y debido a un día muy soleado, el aspecto del campo había cambiado totalmente.
En la Biblia, la imagen de la hierba que se seca o de la flor que se marchita evoca el carácter efímero de nuestra existencia: “En la mañana florece y crece; a la tarde es cortada, y se seca” (Salmo 90:6). Independientemente de que estemos en la mañana o en el atardecer de nuestra vida, ésta puede acabarse muy rápido. Cuando llega la muerte, el cuerpo vuelve al polvo, y el espíritu a Dios (Eclesiastés 12:7).
Para el creyente, su espíritu estará en la felicidad de la presencia de Jesús (Filipenses 1:23), mientras su cuerpo espera la resurrección de vida      (Romanos 8:11).
Cuando una persona no creyente muere, su espíritu espera el juicio (Hebreos 9:27), porque rechazó, cuando todavía estaba vivo en la tierra, la oferta de la gracia de Dios. Tendrá que sufrir, después de la resurrección de su cuerpo, la condenación eterna (Apocalipsis 20:12-15).
La flor marchita también evoca el contraste entre la gloria del hombre, que dura tan poco, y la palabra del Señor, que “permanece para siempre” (1 Pedro 1:25). Esta palabra es la “simiente incorruptible” que da la vida eterna a todos los que creen en Jesucristo.