jueves, 15 de agosto de 2013

Acuérdate

Gloria y hermosura es su obra, y su justicia permanece para siempre. Ha hecho memorables sus maravillas.
Salmo 111:3-4

Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos.
2 Timoteo 2:8

Tu nombre y tu memoria son el deseo de nuestra alma.
Isaías 26:8


A algunos resistentes franceses de la Segunda Guerra Mundial se les había dicho que eran libres, pero en cuanto dieron la espalda para irse, fueron fusilados. Sesenta años después, en la ceremonia de conmemoración, un periodista deploró la poca asistencia, por lo que tituló su artículo: «Ellos murieron por ti; acuérdate de ellos». Así recordaba a cada ciudadano su deber de no olvidarlos.
Para el cristiano también existe una conmemoración instituida por el Señor mismo la noche que fue condenado injustamente por los hombres. “El Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí” (1 Corintios 11:23-25).
¿Acaso no es digno de que recordemos lo que hizo por nosotros? Éramos pecadores, esclavos de Satanás, sin recursos para liberarnos. Jesús vino a morir y a expiar en la cruz nuestros pecados, pasando por terribles sufrimientos, para salvarnos. Nosotros que hemos sido salvados mediante su sangre, ¿podríamos permanecer insensibles a ese deseo expresado por nuestro Salvador? Su amor nos lo pide y, mediante este acto tan sencillo le mostramos que nosotros también lo amamos. Es mucho más que un deber; ¡es un privilegio!

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

No hay comentarios:

Publicar un comentario